Tener un niño

Bueno, tener un hijo...es una manera de decirlo, claro está, podrían ser 2, 5 ó 10; niño o niña. Los vas a querer igual.

Podría ponerme las gafas más feas que me encuentre y peinarme el pelo con la raya en medio para disertar sobre las virtudes y bondades de traer un ser a este mundo pero no creo que sea la persona ni el lugar más adecuado. Para eso ya están la religión, la conciencia y el bolsillo. Lo único que opino que traer un niño a este mundo es, vivan los tópicos, una responsabilidad enorme. Algo mucho más complicado que pasar las revisiones del coche a tiempo, activar el bluetooth en el teléfono móvil o piratear películas para la PSP. Con 30 años me muero de ganas de tener un niño, lo cuál no quiere decir que quiera tenerlo ya ni que vaya al Corte Ingles a ver cunas de color verde soñando con acariciar a ese pequeño ser. Como pretendo querer a ese chaval mucho más que a mi mismo y se que va a ocupar demasiado espacio en mi cabeza (además de mi tiempo y mi dinero), prefiero no reprocharle en mi interior el no haber podido vivir momentos que estoy en edad de vivir; prefiero darme un tiempo para poder ser ante mi hijo una persona más preparada mental y económicamente y, por supuesto, tampoco quiero darle una hermanita llamada Hipoteca Brutal que le robe los juguetes, una buena educación y gran parte de mi felicidad, que la supongo como suya.

Por otra parte, lo malo de tener un hijo no es el hecho en sí, es mas bien lo que supone, que pasas a ser padre, un vulgar padre. Y eso envejece. En pocas palabras: el NO tiempo libre, pañales, caca, médicos, llantos, gastos, más gastos, preocupaciones, posible incomunicación, disgustos, ¿custodias?, distanciamientos y todo eso...¿para qué? para un acuerdo no escrito de amor eterno y un juramento silencioso de dar la vida el uno por el otro.

Me basta y me sobra. Pero antes tengo que hacer una serie de cosas.